Hola… No podría, en este día, iniciar nuestra conversación si antes no miro al cielo dándole infinitas gracias a Cristo Resucitado y pidiéndole bendiciones para quienes tienen la deferencia de compartir conmigo, cada semana, estas palabras.

            En la liturgia de ayer se nos habló de un encuentro de María Magdalena con Jesús al lado del sepulcro; es un encuentro muy significativo porque ambos, durante los tres años de vida pública de Jesús, forjaron una profunda y sincera amistad. Aquel día, dice el Evangelio, el primero de la semana, fueron María Magdalena y otras mujeres al sepulcro para concluir las tareas de embalsamamiento, ya que el viernes no las pudieron realizar por la premura del tiempo.

            Jesús expiró a las tres de la tarde, lo bajaron de la cruz y María, su madre, lo tuvo en sus brazos por un espacio que, si bien es verdad, no se nos señala, pero es fácil comprender que para ella era un tiempo de despedida y, por lo tanto, deseaba estar un poquito más con su Hijo en brazos. En sus brazos estuvo Jesús cuando nació y lo puso sobre el madero del pesebre en Belén. En sus brazos volvía a estar Jesús, treinta y tres años después, cuando lo bajaron del madero de la cruz. El “Pesebre” y la “Cruz” son tan representativos en la vida de aquella mujer que no entendía lo que estaba pasando, pero que, en ambos lugares, amó a su Hijo profundamente.

            Pasado un tiempo prudencial, pusieron a Jesús sobre una piedra para limpiarlo y, envuelto en una sábana, lo colocaron en un sepulcro nuevo que nadie había usado antes. Apurados tuvieron que regresar a sus casas para celebrar la Pascua; es por ello que María Magdalena había retornado al sepulcro para embalsamar a Jesús. Llegaron y encontraron la piedra de entrada a un costado. Solo los discípulos, Pedro y Juan, ingresaron en él, no así María.

            La escena nos indica que María Magdalena vio a una persona, a quien confundió con un hortelano, y le preguntó si había visto a Jesús; es en ese instante cuando Él le dice su nombre y María se da cuenta, despertando de su sueño viendo el FRUTO DE SU AMOR, A CRISTO RESUCITADO.

            Hoy es el día del compromiso que todo cristiano deberíamos hacer a Cristo: Dar a los demás aquello que hemos recibido de Él, que es el AMOR, la MISERICORDIA y la COMPASIÓN.

“¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA, ALELUYA!”.

            Gracias por llegar hasta aquí.  Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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