Hola…  Después de algunos meses me encontré con el “Filósofo de la Encalada”, allá, en la banca de toda su vida; al despedirnos prometió visitarme nuevamente al Colegio San Agustín, como lo hizo por años, y cumplió. Hablamos de muchos temas y viendo a los jóvenes corretear por los patios, me contó esta historia:

“Hace muchos años un poblador de la selva escuchó el canto de un jilguero. Jamás en la vida había oído una melodía igual. Quedó enamorado de su belleza y días después salió en busca del pájaro cantor. Encontró a un gorrión y le preguntó: -¿Eres tú el que canta? El gorrión le contestó: -Claro que sí. -Ya pues, canta, le dijo el poblador. El gorrión cantó y lo hizo muy bien, pero el poblador se fue pensando: -No es este el canto que yo escuché. En su caminar se encontró con una perdiz, un loro, un águila, un pavo real… Y todos le dijeron lo mismo, pero ninguno de ellos conectó con su interior donde tenía grabada la música de aquel canto celestial. Cada vez que lo recordaba, sentía que era un canto único y distinto, que jamás podría confundirlo con ningún otro.

Seguía buscando y un día volvió a escuchar aquella melodía; se detuvo, ubicó la dirección, midió la distancia… Se acercó sigiloso como buen conocedor de la zona, parecía que sus pies volaban para no hacer ruido y espantar al pajarito. Y allí lo vio. No necesitó preguntarle si era él. Lo supo desde la primera nota que oyó. Lo miró y volvió feliz a su aldea, había vuelto a escuchar al pájaro de sus sueños”.

 El “Filósofo de la Encalada” me miró fijamente a los ojos y me dijo: -Pablo, tú eres el responsable de estos jóvenes, ayúdales a descubrir a cada uno de ellos LA MELODÍA DE DIOS. Vienen de familias constituidas, pertenecen a una sociedad Milenium y se proyectarán hacia un mundo que tú y yo veremos ya muy ancianos, pero en cualquier tiempo y en cualquier lugar enséñales a escuchar LA MELODÍA DE DIOS.

 Al retirarse el “Filósofo de la Encalada”, pensé en aquella frase que resumía el sentir de un amigo que me dijo: -Por qué será que, aunque pasen los años y aún desde la distancia, uno nunca deja de escuchar el clamor de la sangre. Él es mi padre, ella es mi madre, él es mi hijo…

Dos razones para educar bien: Una, que escuchen el sonido de Dios grabado en sus almas y, la otra, la fuerza de su sangre que da vida a su corazón.

“Un educador no es un simple informador; sino el que señala el camino hacia la sabiduría y la verdad”

Gracias por llegar hasta aquí.  Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

P. Pablo Larrán García, O.S.A.
pablo@sanagustin.edu.pe 

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