Hola… Hace unos días, sentado en mi oficina del Colegio San Agustín, observaba a los jóvenes de la Promoción del presente año, quienes con algarabía celebraban los últimos momentos de su vida escolar. Por un instante pensé cómo hacía cerca de 50 años atrás, aproximadamente, concluía también yo la secundaria y entiendo que viví, al igual que ellos, las emociones de una vida que conocía y dejaba para el recuerdo, pensando en una nueva vida que desconocía, en la cual, como así ha sido, me depararía muchas y agradables sorpresas.

            Todos tenemos en la vida momentos claves que no solo son importantes, sino decisivos y no siempre nos damos cuenta de ellos, pero al pasar de los años sabemos que aquellos instantes vividos cambiaron nuestra vida.

            Abrí la Biblia y apareció el texto de Lucas en su primer capítulo, desde el versículo 26 en adelante que dice así: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios no hay nada imposible. Entonces María contestó: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró».

            A portas de la Navidad muchos de nosotros pensamos en nuestros seres más cercanos proyectando qué regalo vamos a recibir de ellos, al mismo tiempo que nos “rompemos la cabeza” pensando qué regalo le hacemos en estas Navidades a nuestros seres más queridos.

            Estoy seguro que, si estamos atentos, pero muy atentos a la voz del Niño Dios y no nos distraigamos con los cánticos y los cohetones y los regalos y mil cosas más…, pudiera ser que esta Navidad sea como lo fue con María, el 24 de marzo de aquel año, un momento clave no solo en su vida, sino también en la vida de la humanidad.

            Para muchos no han sido los grandes momentos de nuestra vida, anunciados con “bombos y platillos”; mas bien, al igual que con María, llegó en un atardecer cuando se encontraba orando, cosa que hacía todos los días y en ese ocaso del 24 de marzo -“Día de la Anunciación”- comenzó en ella y en la humanidad el más grande cambio que jamás la historia había soñado. Cerrarnos al valor de las pequeñas cosas es, a veces, dejar pasar los más grandes milagros de nuestra vida.

            FELIZ NAVIDAD.

P. Pablo García Larrán, O.S.A.
pablo@sanagustin.edu.pe

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