Hola… En el curso de la presente semana llamé a dos instituciones privadas y a una institución pública. En los tres casos se dio un denominador común: los teléfonos de las tres entidades se encontraban conectados con un Call Center; por lo tanto, la comunicación era impersonal, sin nadie al otro lado y cero afectos.

            Entiendo la necesidad de una sociedad cada vez más tecnificada, pero siento que estamos perdiendo lo más sagrado de los seres humanos, que es la capacidad de comunicar sentimientos.

            Sentado en la oficina del Colegio San Agustín, observo en el patio a un grupo de jóvenes adolescentes que están viviendo su verano útil y, al mismo tiempo, recordaba la historia de María, Profesora de hace muchísimos años que, recién graduada en la Escuela del Magisterio de su ciudad, fue enviada a una de las escuelas más pobres de aquel lugar. Los papás de María no estaban conformes con aquella designación, pero ella se sentía la mujer más feliz del mundo; no obstante, comenzaron a apoyarla con lo que estuviera a su alcance. En invierno, muy temprano, aún a oscuras y haciendo mucho frío, su papá solía acompañarla a la escuela y a media mañana su mamá preparaba unas ricas tortas de pan que, con su hija, entregaban a los niños para, por lo menos, darles un poquito de alimento. La hermana de María trabajaba en una empresa donde le conseguía hojas, tizas y lapiceros. Pasaron los años, María se casó, tuvo sus hijos y compró una casita muy cerca de la escuela donde llegó a ser Directora. Fundó una escuela nocturna para que los papás de los estudiantes y hasta los abuelos pudiesen terminar su secundaria.

            María, ya anciana, estaba solita en su casa y uno de los días en que una de sus hijas la visitaba, le dijo: -Mamá, ¿por qué no te vienes a vivir conmigo? Ella le contestó -No hija, aquí me siento feliz. Todo estaba organizado en casa, limpieza, refrigeradora llena… Y, después de unos minutos, la hija le hizo otra pregunta: -Mamá, ¿quién te está ayudando para que todo se mantenga en perfecto orden? En ese momento se abrió la puerta de la casa y dos antiguas alumnas de María entraron trayéndole comida.

            Posiblemente esto sea un sueño, pero estoy empeñado en hacer realidad de que cada día sea más humano y entender el salmo 126 que dice: “Los que siembran entre lágrimas, cosecharán con alegría”.

“Vivimos bajo el mismo techo, pero ninguno tenemos el mismo horizonte”

            Gracias por llegar hasta aquí.  Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

P. Pablo Larrán García, OSA.
pablo@sanagustin.edu.pe

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