Hola… Recordaba hoy día, sentado en mi oficina del Colegio San Agustín, cómo las impresiones grabadas de niño, cuando las vivimos en el presente, son espacios de una inmensa luminosidad y alegría.

Dejando la retórica a un lado, te contaré que en mi casa -donde nací- ésta se encontraba apenas a 20 metros de la torre de la iglesia. Esta no era una torre cualquiera porque fue construida hace 2,000 años y servía de atalaya para que los soldados del imperio romano, desde ese lugar, vigilasen toda la llanura y así el enemigo no los sorprendiera, ya que a casi 2 kilómetros de la atalaya había una fructífera mina de oro, donde se extraía este metal para llevarlo a la capital del imperio que era Roma. Por lo tanto, estamos hablando de algo histórico que, con el paso de los siglos, en la edad media, junto a la atalaya, se construyó una iglesia de piedra que fue la que conocí de pequeño. Alrededor del año 1940, junto a las campanas se colocó un reloj que cada cuarto, media y una hora sonaban dichas campanadas, cuyo sonido era muy suave, pero al mismo tiempo no sólo se escuchaba en el pueblo, sino también en el campo para que los campesinos, sin necesidad de reloj, supiéramos la hora que era durante todo el día.

Esta experiencia vivida de niño quedó impresa en mi mente y, sobre todo, con una nostalgia que sólo el corazón conoce desde mi llegada al Colegio San Agustín y estando en la oficina que da a uno de los patios de este centro educativo, a lo largo del día, suenan dos campanadas que van marcando los tiempos de clases. Y es así que, cada vez que las escucho, no dejo de transportarme a aquella lejana época, pero cercana en mi corazón, sintiendo aquellas bellas e irrepetibles sensaciones que viví cuando era niño.

A modo de reflexión pienso: -Cuántos jóvenes que hoy las escuchan en su colegio, pensar que, dentro de 40 años, si oyesen en algún lugar el repiqueteo de las campanas, pudieran asociarlo con los años más felices de su vida: La época del colegio.

Algo tan simple en la vida, como es el repique de unas campanas, como es la suave melodía del agua que fluye en un río, como es el trinar de los pájaros…, queda grabado perennemente en el corazón y al paso de los años se agradece a Dios por todo lo vivido.

“El mejor colegio para un niño es una buena madre”.

Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

 

P. Pablo Larrán OSA

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