Hola… Desde mi oficina, en el colegio San Agustín, observo a los jóvenes de la secundaria recorrer los patios que los conduce a sus respectivos salones y de estos estudiantes, algunos ya buscando el fin de año o el fin de su estadía en nuestras aulas.

Me puse a pensar en aquella historia que relata la vida y milagro de un sabio a quien su familia valoraba muchísimo por sus consejos, desde luego, todos ellos muy acertados. Lo que en principio fue su familia, posteriormente iban añadiéndose sus vecinos y su fama se extendió por todo el pueblo, e incluso la comarca y el reino en el que vivía fueron partícipes de su sabiduría. En un momento dado, el sabio notó que había varios que se acercaban prácticamente todas las semanas; a la vez, éstos le contaban los mismos problemas a los que él daba soluciones y se dio cuenta de que, en el fondo, lo que él les decía no lo ponían en práctica y volvían, como se dice, a las mismas “andadas”.

Un día el sabio, pensándolo bien, llamó a este grupo de “asiduos” a su casa y cuando estaban reunidos comenzó a contarles un chiste tan divertido, que todos los presentes se mataban de risa. El sabio no se inmutó y volvió a contar el mismo chiste por segunda vez; aún así, la mayoría seguía matándose de risa. Pero, claro, pasadas tres horas y habiendo contado el chiste no menos de cuarenta veces, vio la cara de desesperación de todos ellos y es allí que el sabio les dijo esta frase: “Por qué no pueden reírse varias veces del mismo chiste, pero sí pueden llorar mil veces por el mismo problema”.

Te escribo estas líneas en esta fría mañana de agosto, viendo pasar a los jóvenes de este colegio y pensando en ellos y en cada uno de ustedes, puedo preguntarme y preguntarles cuántas veces a nuestros problemas, que suelen ser siempre los mismos, le hemos buscado soluciones y nos han dado la respuesta correcta; pero muchos no hemos reaccionado con actos concretos que no están en los demás, sino en cada uno de nosotros.

Si me permites, te diré que en la mesa están servidos los alimentos que son para nuestra nutrición; depende de cada uno de nosotros en tomar aquello que necesitamos. Y tan importante como esto, el “digerirlos”, nos guste o no, esta es una tarea personal e intransferible.

“Si usted quiere que todos estén contentos, no sea un líder, venda helados”

Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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