Hola… Un día de esta semana llegó a mi oficina del Colegio San Agustín nuestro entrañable amigo, el Filósofo de La Encalada. Después de los saludos, él que suele ser muy parco en palabras, me contó esta historia:

            “Hace muchos años vivía en el bosque un bello cervatillo, el cual era la admiración de todos los demás animales por una sencilla razón: su cornamenta era tan enorme y perfectamente labrada, algo que jamás se había visto en el bosque, ni en los otros ciervos y demás animales. El cervatillo era un adolescente; por lo tanto, ante este beneficio de la naturaleza, se sentía el ciervo más hermoso de todo el lugar; sin embargo, no todo en esta vida es perfecto, me dijo el Filósofo de La Encalada, había en este cervatillo una espina clavada en su ego y era que no aceptaba, de ninguna manera, la delgadez de sus patitas. Se preguntaba: -Siendo yo tan perfecto, ¿por qué la naturaleza no me ha dotado de unas patitas fuertes y vigorosas?, pues con ello nada más le pediría a la vida.

            En una ocasión el cervatillo tenía sed y se acercó al río para beber agua; este río, de aguas cristalinas, era un espejo y en él se vio reflejado; por un lado, admirando su cornamenta preciosa y única, pero por otro lado, sus patitas le hacían recordar que en esta vida uno no lo puede tener todo. Estaba él en estos dilemas existenciales, cuando olfateó un león; inmediatamente se lanzó en una carrera cruzando el río, internándose en la selva y, de vez en cuando, mirando al león que le perseguía. Pero pasó algo grave: entre los matorrales quedó enganchada su cornamenta, por lo que le era imposible seguir huyendo del león; entonces pensó: -Aquí terminaron mis días. No obstante, la naturaleza también le había dotado de una gran fortaleza, por lo que pudo deshacerse del ramaje y salir apresurado, perdiéndose en el bosque”.

            Nuestro amigo me dijo: -Enséñale a tus alumnos cuál es el secreto de la vida. Con esta lección el cervatillo aprendió algo importante que jamás se le olvidó; quien lo salvó no fue esa cornamenta casi perfecta, más aún, por ella casi fue devorado por el león; quien lo salvó fue su fuerza de voluntad y sus “patitas ridículas”, a las que desde ese momento valoró, porque gracias a ellas y a su agilidad pudo librarse de morir, siendo atrapado por las fauces del hambriento león.

            El Filósofo de La Encalada me dejó con la historia sin decirme nada más. Yo también te dejo con la historia sin decirte nada más.

“La mejor manera de predecir el futuro es creándolo”.

            Gracias por llegar hasta aquí.  Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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