Hola… Con barba cuidada y con ropa muy limpia, ayer, un domingo tan especial como lo es la “Fiesta del Corpus Christi”, vino mi amigo el “Filósofo de La Encalada”. -Tengo que celebrar la misa, le dije. -No te preocupes Pablo, quiero estar contigo en la Fiesta del Corpus, aquí en la capilla del colegio San Agustín; ¿puedo?, me preguntó. -Por supuesto, le contesté, serás tú solo quien participe porque aún no podemos oficiar la misa para los fieles. -Sí, me dijo, lo entiendo y lo respeto, pero tú sabes que soy etéreo.

El Corpus es la presencia real de Cristo en la Eucaristía, nos lleva a la noche del Jueves Santo, a la Última Cena, a aquel momento sagrado y eterno cuando Jesús tomó el pan, luego el vino y dijo estas palabras: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre; y cada vez que hagan esto, háganlo como memorial mío”; al término el sacerdote dice: “Este es el Sacramento de nuestra fe”; y todos contestamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección; ¡ven, Señor Jesús!

En la historia de la iglesia los seres humanos no hemos sido exentos de dudas a nuestra fe y se han dado casos de sacerdotes que consagrando dudaban que allí, en ese Pan y en ese Vino, estuviera Cristo. Por eso para reafirmar la fe, a lo largo de la historia se han dado los Milagros Eucarísticos; entre ellos el primero que recordamos es: Lanciano (ciudad al sur de Italia), Orvieto (a unos 70 kilómetros de Roma) y Cascia (al norte de Italia). Con estos Milagros Eucarísticos la iglesia se fortalece y, de manera muy especial, en el Milagro Eucarístico de Orvieto, donde el Papa Urbano IV, ante las dudas del sacerdote Pedro de Praga, se acercó a esta ciudad pudiendo observar el Milagro Eucarístico y proclamando la Fiesta que ayer celebramos: El “Corpus Christi”, vale decir, la presencia real de Cristo en el Pan y en el Vino.

Terminando de celebrar la Santa Misa mi amigo, el “Filósofo de La Encalada”, me dijo: -Transcribe lo siguiente: “Nacemos para ser felices, no para ser perfectos. El amanecer es la parte más bonita del día porque es cuando Dios te dice: Levántate, te regalo otra oportunidad de vivir y comenzar nuevamente de mi mano. Los días buenos te dan felicidad, los días malos te dan experiencia, los intentos te mantienen fuerte, las pruebas te mantienen más humano, las caídas te mantienen humilde; solo Dios te mantiene de pie”.

“Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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