Hola… Comenzamos el mes de noviembre. La Iglesia nos recuerda hoy que por el “bautismo” hemos sido llamados a la “santidad”. Esa es nuestra identidad: “Hijos de Dios y herederos del cielo”.

            Me contaron esta historia: ‹En una tribu africana la tradición hace que una mujer “ad portas de dar a luz”, con un grupo de amigas se adentran en el bosque y cada día buscan componer una canción que le cantan al no nacido. Compuesta esta canción, el día de su nacimiento se la interpretan, pero no solamente el grupo de las amigas de la madre, sino la comunidad entera. De más está decir que esa canción es fruto de la experiencia vivida por la mamá, con todo el amor y ternura que una madre es capaz.

            Cuando el niño comienza a concurrir a la escuela, como momento importante de su vida, la comunidad le canta la misma canción; de igual forma cuando es adulto, cuando se casa y de manera muy especial cuando está moribundo, para irse de este mundo, familiares y amigos se aproximan para cantarle su canción que lo acompañará hasta la eternidad.

            Algo maravilloso sucede, si por las cosas del azar esta persona cometiese un crimen o un acto social aberrante, la comunidad lo pone en medio de un círculo y no lo juzga, sino que le entona su canción.

            Es natural que cuando somos capaces de tocar la fibra más íntima de un ser humano, aún en sus peores momentos, podemos afirmar que ese ser humano es rescatable. Es la canción que a cada uno le permite reconocerse como único y valioso, es una auténtica canción de amor.

            Ellos dicen: -Cuando reconocemos nuestra propia canción y sabemos nuestra identidad, ya no haremos, jamás, daño a nadie; los demás recuerdan tu belleza cuando te sientes feo, tu integridad cuando estás cegado, tu inocencia cuando te sientes culpable, sobre todo te hacen reconocer tu misión en esta vida cuando estás confundido›.

            Una sociedad que trabaja estos valores en sus miembros, es una sociedad sana a quien no le es difícil recuperar al enfermo.

            Es posible que este modo de ver la vida nos parezca tribal y sin posibilidad de hacerlo realidad hoy en día. ¡Qué pena! digo yo. ¡Cuántas personas trituramos innecesariamente cuando, con amor, podríamos recuperarlas!

            Me temo que nos estamos olvidando de las auténticas esencias de la vida.

“Cuando un huevo se rompe desde fuera es para comerlo,

pero cuando se rompe desde dentro es para dar vida”.

            Gracias por llegar hasta aquí.  Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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