Hola… Esta mañana, al escribir la presente columna, me encontré un texto de los Hechos de los Apóstoles donde se narra el pasaje en el cual los apóstoles fueron llevados al Sanedrín y el Sumo Sacerdote los interrogó diciéndoles: “No les habíamos prohibido terminantemente enseñar en nombre de este. En cambio, ustedes han llenado Jerusalén con sus enseñanzas. Pedro y los apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Soy consciente de que vivimos una época donde el valor de la palabra es sumamente cuestionable, porque hoy en día mucho de lo que dijimos ayer lo negamos; o lo que años atrás negamos con firmeza, hoy, por conveniencia, lo defendemos con un ardor inusual. Ciertamente, el correr de los siglos muestra cómo la historia de la humanidad va cambiando y se logran metas impensables ayer; por ejemplo: la sal, que era la moneda con que se pagaba o se hacían transacciones económicas, hoy los médicos recomiendan no abusar de ella.

Pero no va por allí nuestra conversación de hoy; lo que quiero es que te preguntes si aquellas afirmaciones que fundaban los principios de tu vida –respecto a Dios-, cuando eras un niño o un adolescente, las sigues manteniendo hasta hoy, o pudiera darse el caso de que las conveniencias de nuestro tiempo te hagan negar a Dios, o simplemente postergarlas a hechos muy puntuales de tu vida, sin comprometerte socialmente.

El texto bíblico nos dice que Pedro y los apóstoles fueron duramente castigados; sin embargo, ellos se mantuvieron firmes en la fe por encima de los castigos y de las incomprensiones.

Creo que este es un tiempo de definiciones y nuestra fe en Dios ha de ser inquebrantable; ni el tiempo ni las circunstancias nos deben hacer cambiar. No son tiempos fáciles, hay muchas fórmulas en nuestra sociedad cuyos intereses, a veces, no conocemos o podemos intuir que nos arrastran hacia las mayorías, pero la fe perseverante en Cristo Jesús ha de estar por encima de los vaivenes de la historia.

Te pido un minuto, nada más, para que reflexiones a nivel personal si aquellos momentos de fe que te hicieron sentir en plenitud en tu vida, hoy han cambiado; o bien porque la mayoría piensa distinto que tú, o bien porque no estás dispuesto a renunciar a los placeres de la vida. La pregunta y la respuesta solo dependen de ti.

“En tu trabajo eres uno más, en tu hogar eres único”

Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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